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Crítica de música
Por
Félix Fleming
Más bien pequeño,
extremadamente delgado, se instala frente al piano después de saludar con
insólita humildad al público. Luce como niño inquieto, demora en
acomodarse, se concentra quince segundos, empieza a tocar.
El duendecillo
no dejará de crecer hasta el último acorde. El concierto de Nino Rota que
interpreta no es tan vistoso como el número uno, tampoco se presta para
actitudes teatrales, románticas.
Esta vez la orquesta tiene un papel
preponderante, resulta agradable escuchar cómo se lucen el fagot, el
corno, la trompeta, las cuerdas. Bacchetti, sin vistosa gestualidad, es
preciso, sutil.
No se lo puede
comparar desde ningún punto de vista con Giuseppe Albanese, pues son
estilos diferentes.
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Giuseppe es el
apasionado extravertido, mientras que imagino a Andrea como clavecinista
puntual en el siglo XVIII, o tocando a Clementi como Wanda Landowska.
Domenico Scarlatti y Galuppi pertenecen ambos al siglo XVIII, mas el
pianoforte actual permite matizar volumen, intensidad, dar al sonido mayor
textura. Entonces tenemos a un Bacchetti irreprochable en su técnica, pero
a la vez emotivo.
Ecléctico por excelencia, regala al público como bis una pieza de Galuppi
(ha grabado varios discos con obras de este compositor), desgrana
impecablemente las notas de La fileuse (La Hilandera), encaje musical de
Mendelssohn suave, luminoso como un cuadro de Vermeer, sorprende al
entusiasta público con el tema pop Moon River.
Lo alcanzo entre
bastidores, hablamos de nuestro común amigo de Lavagna: Luigi Passano; me
entero de que Bacchetti tocó Dvorak con el Cuarteto della Scala en aquella
pequeña ciudad de Chiavari (Liguria) de la que tengo hermosos recuerdos.
Quizás por ello me sorprende cuando Andrea me dice: “Mi piace molto
mangiare, ma senza vini”. Nuestro pianista es buen tenedor, pero no
aficionado a las buenas botellas.
Sin embargo, manifiesta sensualidad en
su forma de tocar, dramatismo cuando es necesario, es sorprendente,
perturbador en la música de Berio, de Webern (aunque de igual modo podría
tocar al romántico Weber). Navegué por YouTube, pude asombrarme al
encontrarlo interpretando a Bach, Mozart, el segundo concierto de Agustín
González Acilu (quien me recuerda a Darius Milhaud y Stravinsky, por su
composición rigorosa, luego me emociona que haya dedicado a sus ochenta
años una cantata al filósofo Epicuro).
Frente a los barrocos, insiste
Andrea en que el pianoforte expresa matices que no alcanzaba el
clavicordio, lo que nos vale interpretaciones de gran expresividad y
digitación. Pensé que Bacchetti podía ser un pianista “de cámara” más a
sus anchas con los barrocos, pero después de apreciar su energía, su poder
cuando interpreta a los románticos, a los compositores de vanguardia,
cambié de parecer. Es un hombre ávido de sonidos nuevos, aunque de raíces
profundamente clásicas, y por eso escucharlo tocar el concierto BWV 1058
de J.S. Bach para piano y orquesta es una experiencia inolvidable. La
música en sí no tiene edad. Bacchetti tampoco.
Davit Harutyunyan nos
presentó una orquesta que cada día moldea mejor. Abrió la noche con Verdi,
Leoncavallo, Mascagni (notable prestación de las cuerdas), varias
oberturas del sibarita corpulento Rossini, aficionado al pavo trufado,
como para equilibrar el peso leve pero genial de Andrea Bacchetti. |
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